nani muñoz

Arte, familia y máquinas de consuelo: creación de pandemias y consumo de arte en la era de la hipercomunicación

Las artes son ese amigo que siempre está ahí, del que nunca te preguntas cómo está porque parece que siempre le va bien; perdurable e inmutable compañero.

Siempre he querido empezar un artículo con un título rimbombante. Es una de esas cosas tan en contra de la logística del periodismo (sí, escribir muchas palabras largas juntas también es parte del pack “cosas que siempre he querido hacer”, disculpadme).

Tal vez por eso sólo necesité dos días y medio en Periodismo para decidir que no quería ejercerlo. En un mundo que en mi preadolescencia limitaba mis palabras por caracteres en los arcaicos SMS, más tarde en Twitter, y que ahora hace que escribir suene casi vintage cuando puedes hacer un vídeo explicando las cosas, eso de enredar palabras en mis dedos, en el teclado, en tinta o en lenguas ajenas me parece apasionante, rebelde, provocador e inútilmente imprescindible.

Tal vez por eso me defino como -no. 

Por eso soy artista. Porque los títulos breves, cáusticos, esterilizados y con olor a dentista me dan dentera. Porque no lo he decidido, me ha tocado. Porque me gusta romantizar el mismo camino que recorro cada día en bici. Porque tengo que ensayar antes de pedirme un café, muero en vida cada vez que abro Excel y voy al baño cinco veces antes de cada reunión burocrática donde tomo notas compulsivamente porque no soy capaz de concentrarme en nada por más de tres minutos y veintinueve segundos. Y porque, en una suerte de Dr Jekyll y Mr Hyde, a la vez una sesión de nueve horas de escritura me parece liviana, vivir de café en café dando forma a proyectos me suma años de vida y, a pesar de que mi abrumadora cantidad de visitas al baño es común a ambos mundos, ir antes de subirme a recoger flores y saludar tras un estreno me hace dar saltitos de alegría. 

Ahora es cuando este podría tornar en el clásico artículo, “artista se cabrea por el Covid y busca culpables”, pero creo que de esos tenemos suficientes ya. Quiero hablar de familia, del arte como despertador, del acto revolucionario del cuidado y el consuelo. Quiero hablar de cómo ante un mundo que se tambalea y se nos hace extraño y huraño (pocas cosas disfruto tanto en la vida como las aliteraciones, las esdrújulas y las palabras largas) hemos decidido en masa volver al cine, las series, la música, los conciertos, a visitar museos online, ¿cuándo fue la última vez que fuimos a un museo en persona? Y de cómo ante la incertidumbre buscamos el consuelo en esa película de domingo, en ese álbum, en volver a leer, pintar, escribir, crear. Y todavía habrá quien, sin darse cuenta de esto, sostenga que no consume arte, que no lo necesita. El arte bien es vehículo de pasiones, transmisor de sosiego y difusor de temores, motor de pensamiento y engranaje del proceso evolutivo del ser humano. O, sin palabras largas, el arte es ese amigo que nos abraza, nos pone una infusión calentita en las manos y nos dice “vamos otra vez, que puedes con lo que te echen, de peores has salido” y con el que de repente parece menos malo; porque ser adulto da menos miedo cuando la intro de tu serie favorita se mete entre las mantas y te sirve de almohada. El arte es esa compañera que te dice “¿qué estás haciendo?” y te estremece, te sacude las creencias que creías inmutables y le da la vuelta a tus ideas para recordarte por qué estás aquí tras trasladarte a otro lugar; como cuando te sientas en la butaca y durante una hora, dos o las que sean no hay absolutamente nada más importante que lo que le pasa a los personajes que viven frente a ti. Las artes son ese amigo que siempre está ahí, del que nunca te preguntas cómo está porque parece que siempre le va bien; perdurable e inmutable compañero. 

Pero el arte también es ese amigo que no te cuenta sus problemas, que se mantiene como puede y que a veces también necesita consuelo, como todo ser humano. Precariedad como apellido, presente como titular y la necesidad de contar historias, convertir en romántico el vivir al día porque es más comestible el romantizar la pobreza que considerar que nosotros también tenemos malos vicios como comer tres veces al día y tener un techo sobre nuestras cabezas. 

No volveré a contar la historia del artista sepultado por montañas de facturas, digo mientras la dejo caer sin querer sobre la mesa. Nunca aprenderé a cerrar artículos. Tampoco me gusta escribir finales. Siendo el arte parte inseparable de la vida, ¿cómo darle final a cualquier cosa? 

Antes de marcharme, sólo propondré: preguntad de vez en cuando a ese amigo que veis tan bien cómo lo lleva.